Llamando al planeta Burton

El territorio de lo extraño, lo monstruoso, lo situada al otro lado de la frontera de ‘lo normal’ tiene en el cine una corriente de apóstoles de los que es sin duda uno de los más populares. No es infrecuente aludir al ‘universo paersonal’ de uno u otro realizador, casi como lugar en común para poner en valor su particular sello cinematográfico. El de Tim Burton, con algún sonado traspié (El planeta de los simios) es uno de esos universos reconocibles y en permanente expansión que se alimenta con casi cada nueva entrega del realizador.

La galería de personajes al límite, de protagonistas abocados al territorio de la locura y lo insólito que marcan la carrera de Burton es una de esas claves que marcan el cine del realizador de Burbank. Pee-Wee, Bitelchus, Eduardo Manostijeras, Ed Wood o la mismísima Alicia de Lewis Carroll (con toda su cohorte de estrafalarios secundarios) son una mínima parte de la atracción del cineastas por seres inadaptados y alejados de convencionalismos. Incluso cuando se asoma al cine pretendidamente más comercial (Batman) lo hace desde un prisma deformante que exagera las características de los personajes hasta llevarlos a su terreno.

Ese rasgo, no sabemos si estilístico o simplemente vital, corre por Burton desde sus trabajos más lejanos en el tiempo. Desde los cortos que realizaba en su época como estudiante del California Institute of Arts (e incluso antes). De esa etapa data Stalk of the Celery Monster, cortometraje de animación del que hoy apenas quedan unos fragmentos, y en el que un sanguinario dentista realiza todo tipo de experimentos con sus pacientes.

De esos mismos años es también Doctor of Doom, con un argumento clásico que, con variantes, ha repetido en diversas ocasiones a lo largo de su carrera: la creación de un ser monstruoso a manos de un profesor más o menos chiflado.

Cortos como esos fueron los que llamaron la atención de los estudios Disney, que reclutaron a Burton para su departamento de animación. Mientras trabajaba allí, continuó inmerso en proyectos personales con los que fue puliendo su estilo y dejando claro qué es lo que le interesaba en esto del cine. Vincent, su emotivo guiño a la colosal figura de Vincent Price, es una declaración de quién es y qué busca Tim Burton.

En 1984 rodó su último corto antes de que debutase de manera oficial en el largo con La gran aventura de Pee-Wee. Frankenweenie es una aproximación perruna al clásico de Mary Shelley y contó con un remake animado casi tres décadas después que mantenía el espíritu, el tono y el humor negro de este trabajo ya clásico de Burton.

Desde entonces, el armario de Tim Burton se ha ido llenando de todo tipo de seres entre lo estrafalario y lo incomprensible, entre lo tierno y lo caricaturesco, para alimentar así una trayectoria tremendamente reconocible.

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